Cuando comencé el camino para la producción de De aquí para allá, me encontré que aquel paso comenzaba tal y como yo lo había soñado tantas veces. Tal vez se había producido una extraña simetría  entre universos paralelos -mi sueño y la realidad-.  Durante aquellos meses apasionantes, pude comprobar que efectivamente, aquello era exactamente lo que había soñado, y que sueño y realidad se confundían y se fundían.

                 La producción del disco, fue realizada con un procedimiento encadenado a la par tan curioso como eficaz, porque sin duda corresponde a la aplicación de una forma de hacer propia de la tecnología y filosofía de los tiempos que vivimos. Mi primera tarea fue, y a instancias de Alberto (me leyó la mente), confeccionar una claqueta por tiempos en la que se indicaba qué clase de instrumento debía sonar en cada instante, si un piano, una guitarra de aquel o aquel otro tipo, un oboe,… la intensidad, el estilo… Después de unas primeras pruebas con el primer tema, entendimos inmediatamente que la forma más natural y apropiada para abordar aquella aventura, era primero generar la parte de la guitarra -sobre todo porque yo perseguía con ahinco la fidelidad de la notación de esta- y posteriormente añadir los demás instrumentos. Gran acierto sin duda, porque entre otras cosas, tras el visto bueno de las guitarras -elemento principal de la obra-, se disponía del sonido base del cual podría partir de forma natural el resto de la estructura. Armados de aquel mapa, Juan y Alberto, en este orden, y cada uno en su propio estudio de grabación -separados a cientos de kilometros de distancia entre sí-, me fueron fabricando el tesoro en forma de ficheros de audio, que nos íbamos reenviando en una u otra dirección, según la necesidad, por la red telefónica. La claqueta sirvió plenamente a su propósito y tras la excelencia de las guitarras, Alberto aportaba, siempre con gran acierto, las  instrumentaciones en forma de fondos (e incluso solos de sustitución de la guitarra), que por la gran cantidad de matices y recursos necesarios sólo un director de orquesta de su calidad sabe administrar correctamente. En cualquier caso yo siempre tenía la última palabra para decidir cambios e inclusiones.

                De este modo tema a tema, en primera instancia Juan acometía con maestría su tarea con las guitarras, y posteriormente Alberto plasmaba su extraordinaria sensibilidad en todos y cada uno de los instrumentos que, unas veces a instancia mía y muchas otras por su gran inteligencia musical, acertadamente introducía. Pronto pude comprobar que ambos unían a su reconocida profesionalidad, mimo y cariño en cada nota que tenían ante si.

               Mi tarea, así, era muy gratificante, pues como comenté, después de suministrar el boceto original confeccionado a base de guitarras y alguna travesura de modificación de estas con apoyo del ordenador (que por cierto, Alberto tuvo la gran consideración por su parte de incluir en el disco), consistía en supervisar y decidir qué me gustaba más.