Ahora que estoy aquí, juro que sin antes nunca realmente habérmelo propuesto ni haberlo jamás imaginado, tras curiosas carambolas que me han ido poco a poco acercando a que yo esté escribiendo estas lineas, pues que os voy a contar, y por qué no, un poco como nació la historia de mi primer disco “De aquí para allá”.
Por más vueltas que le dé, si no menciono algunas determinadas palabras clave, no podría explicar/exponer, como yo lo percibo, este compendio de circunstancias que ha desembocado en la confección de mi primera obra. Aunque sólo sea a título de soñador impenitente, y aunque las palabras “magia” y “destino”, sean algo muy peliculero, ¡hey, hey, Silver! ciertamente, oh, qué bonito… le van al dedillo a mi historia. En cierto modo, esta quedaría bien coja si no apelo a su mención, así que, vale, os daré la versión peliculera. Además es menos aburrido, por lo menos para mí, recurrir al conejo que salió de la chistera, que contaros que la vida es siempre una gran extraña realidad de la que no podemos escapar para bien o para mal, y bla bla blá.
Normalmente sale el conejo de la chistera, pero esta vez han salido un tema tras otro. Tengo cuarenta y cuatro tacos, y a estas alturas de mi vida, que no deben ser muchas, ni tampoco pocas, puedo aseverar sin titubeos que eso de la música representó para mí siempre algo sumamente especial, pero… y cuántos no sienten lo mismo bajo la ducha, cantando el muy apropiado Singing in the rain… A mi, me pasaba igualito, igualito, sólo que yo me especializaba en repertorios más instrumentales. En mi cabeza sonaba una y otra vez invariablemente obras sinfónicas clásicas, pero también algún tema de Vangelis, Jarre y por su puesto de Super Mike Oldfield, cuya iniciación fue curiosamente durante la asignatura de Música, en el cole. ¿Qué podía tener yo…doce, trece años?. A esa edad todas las hormonas son inquilinos díscolos que arrancan de las paredes neuronales todo tipo de sensaciones más allá del punto crítico del goce y tormento. Menuda coincidencia: mis demonios trabajando a marchas forzadas y Mike me estrellaba contra el cielo. Aquel profe, don José María, coleccionaba innumerables casetes que guardaba en una curiosa caja de madera de tamaño medio, como aquellas de los vendedores ambulantes. Menudo codiciado repertorio. Lo bueno de todo es que, entre todos aquellos preciados objetos de predominante indole clásico, allí estaba ni más ni menos que Tubular Bells en extraña compañia de Mozart, Sibelius, Vivaldi y tantos de los archiconocidos. Luego de una primera audición en el aula, que me produjo una instantánea catársis emocional, no pude evitar pedírsela prestada, cosa a la que él solía acceder sin mayor reparo. En casa y en muchas ocasiones a oscuras, que es como se disfruta más, cada vez que la escuchaba me saltaban los pulsos.
Hasta el momento, salvo honrosas excepciones, sólo conocia un grupo de Liverpool que marcaba la senda de la verdad, pero aquello era el Verbo hecho sonido, y tras deleitarme incontables veces con la gloria en cinta me hice apóstata de todo lo demás. Ni que decir tiene que sus álbumes posteriores, que en mi humilde opinión, por distintos e igualmente geniales, no desmerecían ni un ápice a la sombra del citado disco, me proporcionaron alimento espiritual para mucho tiempo, por lo menos hasta que según mi criterio, Mike abandonó el periodo Clásico y siguió una senda que se apartaba de todo lo conocido, reconocido y adorado hasta el momento. La vida es así, pero al menos al menda le quedó a mano un buen puñado de discos, vinilo incluido, a disposición para goce y disfrute. Pasado aquel extraño periodo para mí, Dios volvió a manifestarse más o menos convincentemente, pero, arderé en los infiernos, el Viejo Testamento, es lo suyo. Claro que la mía es una óptica más. Por aquello de venerar, yo sólo atiendo a las entrañas: me dicen si o no. En lo que a mí respecta, me presento como un ecléctico de este noble arte, puedo arder en la cera de una buena Opera como extasiarme con música trival de un grupo de pastores africanos festejando la batida del ñu, pasando por estilos tan semejantes como la salsafusión, rock (duro o extrafino), folck introspectivo, coral con panderetas, tango pérfido o pop equelicuá. Sólo espero, sin prejuicios, que me guste.
Todo esto viene a cuento, porque esa música representó para mí un punto de inflexión y del mismo modo una referencia absoluta a través de la cual me movería en adelante. De hecho, aunque mi evolución personal derivó hacia unos tipos melódicos diferentes. “De aquí para allá”, mi primera obra, mástil donde ondear la bandera de mis amores, naturalmente no podía escaparse a dicho influjo de los viejos temas del amigo, que por citar un ejemplo, guarda una filosofía estructural similar, disponiéndose en forma de un tema por cara, enmarcados en una sucesión contínua de pasajes. Nada programado, salió así y es normal que saliera así, por lo menos sabiéndome como soy. Hasta ahí, todo bien, pero Mike es un virtuoso, lo toca todo, y lo toca magistralmente, y yo sólo puedo afirmar con seguridad que sé crear. A mi me llega.
Aunque la realidad suele casi por definición devorar todos los sueños como en una cinta mecánica de machaque pin-pan-pun, en mi caso podría decirse que se ha empeñado en labrarme unos derroteros que si lo pienso bien más parecen un discurrir de rápidos convergiendo hacia una onírica catarata. Aunque queda muy poético, es bastante aproximado a mi sincera percepción de todo lo que me ha ocurrido y ha desembocado (nunca mejor dicho) en esta aventura.
Pues decía yo que, por si no lo he dejado bastante claro, es palpable mi admiración por la música de don Mike, y seguramente será porque tengo la impresión que está en sintonía en la forma en la que yo siento la música. Hasta me atrevería a afirmar que más que sentirla, la entiendo. Sí estoy seguro que mi cerebro ha diseccionado hasta la más peregrina semifusa de cada paso hacia esa contínua búsqueda de libertad con mayúsculas que creo que es lo que expresa cada una de las notas de cualquiera de sus primeros LPs.
Pero bueno, que después el tiempo pasó y estuve más en barbecho que en otra cosa, y la guitarra sonaba tan a poca cosa como siempre. Esta es la parte paja del cuento. Los enanitos se van de merienda y charlan con los enanitos del pueblo vecino de sus banalidades: que si me encontré una seta colorada, blablablá….ahí, ahí estaba yo, tendido en la hierba y contando nubes, y las cuerdas en trrronn de do menor para abajo. Así era imposible la magia., pero… al fín, un día, la mágia surgió. Pués le costó, ¿no?. Ya podía salir antes, hombre… La verdad que si lo pienso, el cuento parecía estar narrado en automático y yo me limitaba a estar presente.
¿Qué tienen de mágico los escaparates?. Hombre, no sé, quizás es que están repletos de posibilidades, allí está todo y nunca se sabe lo que se puede encontrar. Es, tal vez lo más parecido en la actualidad a la lámpara mágica de Aladino, sólo que en lugar de pedir deseos, te conceden los que quieras si sueltas la pasta.
Entonces hice la pregunta (mágica): “¿Tienen ustedes grabadoras multipista?”. El amigo respondió que si. “Tengo preciosas y caras”. Claro, el paso de analógico a digital, es la leche, y como todo en este mundo, encarecedor. No, si por elegir en catálogo, todo lo que tu quieras, y más….ay…”pero si yo me conformo con una de esas analógicas”. Tras una consulta telefónica, recibí la tan ansiada respuesta (mágica): “Parece que hay una de segunda mano en la otra tienda…..”.




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