Pues bien, de repente, me encontré sosteniendo en mis manos una tan analógica como obsoleta grabadora multipistas Tascam 424 de segunda mano, pagada a tocateja tras el oportuno y rápido regateo con un tipo que estaba claro, como pronto pude apreciar, sólo deseaba obtener algún resarcimiento de una compra que en su momento no le dió grandes frutos. Como una historia de amor sin el preaviso de las grandes historias de amor, la había visto anteriormente en la tienda que hacía de enlace, como arrojada entre una abigarrada pirámide de objetos electrónicos y me pareció que de algún modo cobraba vida y me pedía a gritos la rescatara de aquella sobona montaña de cacharros. Era como un Pinocho que todavía no había sido tallado. Hasta juraría me había parecido percibir un destello de esos de peli americana en la dentadura profidén de la actríz de turno… sobre su superficie nada reflectante. Estas historias terminan siempre con los protagonistas abrazados o alguien recibe un tiro. Este no fue el caso, gracias a dios, y me la llevé con el bolsillo vacío y la sonrisa en los labios como el que toma por la cintura a una novia de primer año. Primera pieza encajada.
Conecté el cable a la pastilla de mi fiel Juan Struch, -veintitantos años su cuerpo de cedro entre mis manos- tan española como clásica, y apetecido juguete hasta entonces. Pobre vieja amiga, con el tiempo –esa es otra historia- aquel instrumento casi de la familia terminó siendo desplazado por la competencia en forma de tan acústica como barata guitarra china. Nuevos tiempos, los inmigrantes aportan un insospechado feeling. No volví a precisar de su presencia: ansiaba tanto tener entre mis piernas aquellas curvas asiáticas que la desahucié para nunca jamás sin remordimiento alguno. Aún así, mis primeras grabaciones y aquel primer Album que se fraguaría aún iba a reflejar en una buena parte el viejo conocido sonido antes que el metálico canto de sirenas me sedujera irremediablemente.
Con la emoción contenida introduje el frio jack en la toma de aquella adorada caja plástica y comencé a notar inmediatamente una indescriptible sensación de liberación, como el que hace el amor por primera vez y se queda como desconectado del mundo exterior. Se formó un trio peculiar: mano, guitarra, grabadora; pero finalmente no se llegó al éxtasis sino con el concurso de un experto consumado…el ordenador, el cual, dejando a un lado su inicial fria apariencia cuadriculada, acabó por recoger todo el inmenso fluido, eléctrico, que recorría el conjunto y lo transformó en un estallido de infinidad de notas como si de fuegos artificiales de bits sonoros se tratase. Prácticamente a los nueve meses tomó cuerpo mi primer disco, y yo como primerizo, y un poco asustado, me dije “no puede ser, fue la música que me persiguió…. y yo me dejé querer”. Luego me pregunté “¿Y ahora qué hago…ha nacido en un parto sin partitura?”. Pues eso: le faltaba un nombre a la criatura. Te llamarás “De aquí para allá”, y besé a mi amado cedé.




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